De tal palo tal astilla. Cásate con la peor mujer de una
buena familia, antes que con la mejor de una familia no recomendable.
Estos proverbios, español y chino, junto con la frase evangélica
“por sus frutos los conoceréis (tomada en sentido literal),
están en la base de toda mejora de la raza animal. Constituyen
el porqué del pedigrée, que es el crédito o
aval de cualquier animal.
El pedigrée no es más, pero tampoco menos que el
árbol genealógico de un ejemplar, de un perro, la
garantía de su raza en cuanto que todos los perros del árbol
hayan sido reconocidos como perros de esa raza.
Una pareja de perros, macho y hembra, se dice que son de una determinada
raza cuando, poseyendo los dos caracteres morfológicos y
caracterológicos correspondientes al estándar de esa
raza, tienen hijos semejantes entre sí. Cuanto más
uniforme en su morfología y color es la camada, tanta más
seguridad hay en la pureza de raza de sus progenitores. Hay que
desconfiar de camadas faltas de uniformidad en sus componentes.
Este es un asunto poco o nada vigilado hasta ahora, que merece ser
tenido muy en cuenta, especialmente en las razas españolas
en recuperación.
Quiere decirse que son los hijos los que avalan la raza de los
padres, como frutos que dan a conocer la categoría del árbol
que los produjo. Por muy ajustado que esté un ejemplar al
estándar de una raza, por muy hermoso que sea, juzgamos sólo
por las apariencias, pues lo que imprime carácter no es el
fenotipo (caracteres morfológicos externos) sino su capacidad
de transmitirlo o genotipo. Y esto hoy por hoy sólo lo podemos
saber a través de la descendencia.
De ahí que para poder inscribir un perro en el libro de orígenes
español (LOE) cuando se desconocen oficialmente los padres,
haya que esperar varias generaciones en el libro registro de razas
caninas (RRC), lo que equivale a un reconocimiento sólo provisional,
mientras no se cumpla este requisito.